miércoles, 6 de agosto de 2014

CAPITULO 22. ELIMINAR LA AUTOCOMPASION

 22. ELIMINAR LA AUTOCOMPASION

Esta emoción es tan desagradable que nadie que esté en sus cabales quiere admitir padecerla. Aun cuando estamos sobrios, muchos de nosotros hacemos cuanto está a nuestro alcance para ocultarnos a nosotros mismos el hecho de que estamos atrapados en una telaraña de autocompasión. No nos gusta que se nos diga que sale a flote esta emoción, y rápidamente tratamos de argumentar que estamos experimentando una emoción distinta a esa tremenda sensación de "pobre de mí". O podemos también, en un segundo, encontrar una docena de razones perfectamente legítimas para sentirnos algo tristes por nosotros mismos.   

Mucho tiempo después de habernos desintoxicado pende sobre nosotros el sentimiento tan conocido del sufrimiento. La autocompasión es una arena movediza. El hundirnos en ella requiere mucho menos esfuerzo que la esperanza, la fe, o el simple movimiento.  

Los alcohólicos no tenemos este monopolio. Cualquier persona que pueda recordar un dolor o enfermedad durante la niñez puede probablemente recordar también el alivio de lamentarnos por lo mal que nos sentíamos, y la casi perversa satisfacción de rechazar toda clase de consuelo. Casi todos los seres humanos, pueden simpatizar profundamente con el clamor infantil de "¡Déjenme solo!".   

Una de las formas que toma la autocompasión en nosotros cuando dejamos de beber es: "¡Pobre de mí! ¿Por qué no puedo yo  beber como todos los demás? ¿Por qué me tuvo que haber sucedido esto a mí? ¿Por qué tengo yo que ser un alcohólico? ¿Por qué yo?.   

Ese pensamiento es el gran tiquete de entrada a un bar, pero no es más. El llorar sobre una pregunta sin respuesta es como lamentarnos por haber nacido en esta era, y no en otra, o en este planeta, en vez de haber nacido en una remota galaxia.  

Por supuesto, descubrimos que no se trata únicamente del "mí", cuando empezamos a encontrar alcohólicos recuperados en todo el mundo. 

Posteriormente, nos damos cuenta de que hemos empezado a vivir en paz con esa pregunta. Cuando llegamos realmente a acertar en una recuperación agradable, o bien encontramos la respuesta o simplemente perdemos interés en la investigación. Usted reconocerá este evento cuando le suceda. Muchos de nosotros creemos haber encontrado las razones poderosas que nos llevaron al alcoholismo. Pero aun en el caso contrario, continúa la necesidad mucho más importante de aceptar el hecho de que no podemos beber, y actuar en consecuencia. No es realmente una acción muy efectiva la de sentarnos en nuestra propia laguna de lagrimas. 

Algunas personas muestran un celo especial para rociar sal sobre sus propias heridas. A menudo sobrevive en nosotros una feroz eficiencia en ese juego inútil que proviene de nuestros días de 
bebedores.  

También podemos desplegar una extraña capacidad para convertir una pequeña molestia en todo un universo de lamentos. Cuando el correo nos trae la cuenta del teléfono, nos sentimos abrumados por nuestras deudas, y declaramos formalmente que nunca podremos terminar de pagar. Cuando se nos quema un asado, lo consideramos como una prueba de que nunca podremos hacer algo a derechas. Cuando llega el auto nuevo, decimos confidencialmente, "Con la suerte que yo tengo, algo me va a suceder".   

Es como si lleváramos a nuestras espaldas un morral lleno de recuerdo desagradables, tales como heridas y rechazos de nuestra niñez. Veinte, o cuarenta años después, ocurre un acontecimiento de menor importancia comparable a uno de aquellos que tenemos guardados en la bolsa. Esa es la ocasión en que nos sentamos, destapamos la bolsa, y empezamos a sacar de ella con todo cuidado, aquellas heridas y rechazos del pasado.  
Con un recuerdo emocional total, volvemos a vivir cada uno de esas frustraciones vívidamente, ruborizándonos de vergüenza por las timideces de nuestra niñez, mordiéndonos la lengua por las ideas antiguas, repasando las antiguas disputas, temblando con temores casi olvidados, y tal vez llorando de nuevo por un fracaso amoroso de nuestra juventud.  

Esos son casos extremos de autocompasión genuina, pero no son difíciles de reconocer para aquellas personas que alguna vez han tenido, visto o deseado esa sensación lacrimosa. Su esencia es la autoabsorción total. Podemos llegar a sentirnos tan estridentemente preocupados por nosotros mismos que perdemos el contacto con todos los demás. No es muy fácil congeniar con alguien que actúe en esa forma, excepto un niño enfermo. Por eso cuando nos sentimos en esa situación de "pobrecito yo", tratamos de esconderla, particularmente de nosotros mismos, pero no existe forma de librarnos de ella.  

Por el contrario, necesitamos arrojar de nosotros esa absorción, ponernos de pie, y dar una mirada sincera a nuestro proceder. Tan pronto como conocemos la autocompasión, podemos empezar a hacer algo acerca de ella, algo diferente de beber.   

Los amigos pueden sernos de mucha ayuda si son lo suficientemente íntimos como para poder hablarles francamente. Ellos pueden escuchar las notas falsas de nuestro canto de lamentos y decírnoslo así. O probablemente nosotros mismos podemos escucharlas; y empezamos a poner en orden nuestros sentimientos por el simple expediente de expresarlos en voz alta.   

Otra arma excelente es el humor. Algunas de las más resonantes carcajadas en las reuniones de A.A. se escucharan cuando un miembro describe su última orgía de autocompasión, y los asistentes nos vemos a nosotros mismos en ese espejo de diversión. Allí nos vemos hombres y mujeres adultos envueltos en el pañal emocional de un bebé. Puede ser un choque, pero la carcajada compartida ahuyenta muchos de los dolores, y el efecto final es muy saludable.   

Cuando observamos la iniciación de nuestra autocompasión, podemos también tomar una acción contra ella con un libro de inventario instantáneo. Por cada anotación de miseria en la columna del debe, podemos anotar una bendición en la columna de haber. La salud de que gozamos, la enfermedad que no tenemos, los amigos que hemos amado, el clima soleado, la buena comida que nos espera, el gozar de todas nuestras facultades, el cariño que se nos proporciona, la amabilidad que recibimos, las 24 horas de sobriedad, el trabajo de una hora, el buen libro que estamos leyendo, y muchas otras causas de satisfacción que pueden totalizarse para contrarrestar el débito que causa la autocompasión.   

También podemos usar el mismo método para combatir las depresiones de los días festivos, que no suceden únicamente a los alcohólicos. Navidad, año nuevo, cumpleaños y aniversarios arrojan a muchas personas dentro de las marañas de la  autocompasión. En A.A. podemos aprender a reconocer esa antigua inclinación para concentrarnos en la tristeza nostálgica, o mantener en circulación una letanía de lo que hemos perdido, de  
antigua inclinación para concentrarnos en la tristeza nostálgica, o la gente que nos desprecia, y de lo pequeños que nos sentimos al compararnos con los ricos y los poderosos. Para contrarrestar esto, añadimos al otro lado del libro mayor nuestra gratitud por la salud, por las personas amadas que nos rodean, por nuestra habilidad para dar amor, ahora que vivimos en la sobriedad. Y nuevamente, el balance mostrará utilidades.   


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martes, 5 de agosto de 2014

CAPITULO 23. BUSCAR AYUDA PROFESIONAL

CAPITULO 23. BUSCAR AYUDA PROFESIONAL 

Probablemente todos los alcohólicos recuperados han necesitado y buscado ayuda profesional del tipo que A.A. no suministra. Por ejemplo, los dos primeros miembros de A.A., sus co-fundadores, necesitaron y recibieron la ayuda de médicos, hospitales y clérigos. 

Tan pronto como empezamos a mantenernos sobrios, muchos de nuestros problemas parecen desvanecerse. Pero quedan o afloran ciertos asuntos que requieren atención experta y profesional, como la que puede ofrecer un ortopedista, el abogado, el ginecólogo, el dentista, el dermatólogo, o el consejero psicólogo 

Puesto que A.A. no suministra estos servicios, confiamos en la comunidad profesional para orientación laboral o asistencia vocacional, consejos en las relaciones domésticas, en los problemas psiquiátricos, y en muchas otras de nuestras necesidades. A.A. no presta ayuda financiera, ni da comida, vestido, o vivienda a los bebedores problema. Pero existen muchas instituciones profesionales dedicadas a ayudarle al alcohólico que está sinceramente tratando de permanecer abstemio.  

La necesidad de una mano que nos ayude no es un signo de debilidad ni causa de vergüenza. Es ridículo el "orgullo" que hace que uno se abstenga de recibir un empuje proveniente de un consejero profesional. No es más que vanidad, y un obstáculo para la recuperación. Mientras más maduro se va uno volviendo, más propicio se muestra para utilizar el mejor consejo y ayuda de que pueda disponer.  

Al examinar "casos reales" de alcohólicos recuperados, podemos ver claramente que todos nosotros hemos aprovechado, en una u otra ocasión, los servicios especializados de psiquiatras, médicos, enfermeras, consejeros, trabajadores sociales, abogados, clérigos y otros profesionales. El texto básico de A.A., "Alcohólicos Anónimos", recomienda específicamente buscar ese tipo de ayuda. Afortunadamente, no hemos encontrado conflicto entre las ideas de A.A. y el consejo bien orientado de un  profesional que tenga conocimientos claros acerca del alcoholismo.  

No podemos negar que hay muchos alcohólicos que han tenido experiencias infortunadas con algunos hombres y mujeres profesionales. Pero los no alcohólicos, también han tenido tales experiencias. No existe el médico, pastor, o abogado, absolutamente perfecto, que nunca haya cometido un error. Y mientras haya gente enferma en el mundo, es muy probable que nunca llegue la época en que al tratar con la enfermedad no se 
cometan errores.  

Para ser justos, tenemos que confesar que los bebedores problema no somos exactamente la gente más fácil de ayudar. Frecuentemente mentimos. Desobedecemos las instrucciones. Y cuando recobramos la salud, criticamos al médico por no reconstruir más rápidamente el daño que nosotros nos hicimos a lo largo de muchos meses, o años destructivos. No todos nosotros pagábamos nuestras cuentas oportunamente. Y, una y otra vez, tratamos de sabotear la buena atención y el consejo, para que la persona profesional se sintiera "equivocada". Esas eran ganancias pírricas, porque al final quienes sufrían las consecuencias éramos nosotros.  

Algunos de nosotros nos damos cuenta ahora de que nuestra conducta hacía más difícil obtener el buen consejo o cuidado que realmente necesitábamos. Una forma de explicar esa conducta contradictoria es afirmar que era dictada por nuestra enfermedad. El alcohol es engañoso e insidioso. A quien se encuentra bajo el dominio de sus cadenas puede obligarlo a portarse en una forma autodestructiva, contra su mejor juicio y contra sus verdaderos deseos. Nosotros no tratamos voluntariamente de hacernos daño en nuestra salud; nuestra adicción al alcohol lograba protegerse a sí misma contra los efectos bienhechores de los agentes de la salud. 

Si ahora nos vemos a nosotros mismos abstemios pero todavía tratando de desorientar a los profesionales realmente expertos, puede ser una señal de alarma. Porque puede significar que el alcoholismo activo está nuevamente tratando de deslizarse dentro de nosotros. 

En algunos casos, las diversas opiniones y recomendaciones que se obtienen de otros alcohólicos recuperados pueden hacer difícil a un recién llegado el buscar una buena ayuda profesional. Así como cada persona tiene un remedio favorito para la gripe, casi todos nosotros tenemos nuestros médicos favoritos como también profesionales que nos caen particularmente mal.  

Naturalmente, es muy conveniente extraer la experiencia acumulada de los alcohólicos que ya se encuentran en un proceso definido de recuperación. Pero lo que funciona bien para los demás no necesariamente deberá funcionar para usted. Cada uno de nosotros tiene que aceptar la responsabilidad final de su propia acción o inacción. Es algo que compete a cada individuo.   

Después de que usted haya considerado las diversas posibilidades, consultado con amigos, y examinado las ventajas y desventajas, la decisión de obtener y utilizar la ayuda profesional es enteramente suya. El tomar o no tomar Antabuse, el someterse a la psicoterapia, el volver al colegio o cambiar su trabajo, hacerse una operación, someterse a dieta, dejar de fumar, aceptar o rechazar el consejo de su abogado acerca de los impuestos, todas estas son decisiones que usted mismo tiene que tomar. Le respetamos el derecho de tomarlas, y de cambiar su mente cuando las circunstancias lo hagan necesario.  

Naturalmente, no todos los médicos o psicólogos, o expertos científicos están totalmente de acuerdo con todo lo que afirmamos en este folleto. Eso es perfectamente comprensible. Ellos no tienen la experiencia personal que hemos tenido nosotros con el alcoholismo, y muy pocos de ellos han conocido a tantos bebedores problema durante tanto tiempo como nosotros mismos. Por otro lado, nosotros no tenemos la educación profesional ni la disciplina con que ellos se prepararon para el cumplimiento de su actividad. 

Esto no quiere decir que nosotros estemos equivocados y ellos en lo cierto, o viceversa. Nosotros y ellos tenemos papeles enteramente distintos y responsabilidades diferentes al tratar de ayudar a los bebedores problema.   

Pueda ser que usted tenga la misma fortuna en estos aspectos que hemos tenido muchos de nosotros. Millares de nuestros miembros hemos tenido muchos de nosotros. Millares de nuestros miembros se encuentran profundamente agradecidos del incontable número de hombres y mujeres profesionales que han tratado de ayudarles. 


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CAPITULO 24. EVITAR LOS ENREDOS EMOCIONALES

24. EVITAR LOS ENREDOS EMOCIONALES 

Son historia antigua los romances entre los pacientes y sus médicos o enfermeras o entre los pacientes entre sí. Los alcohólicos en recuperación son susceptibles a la misma fiebre. De hecho, el alcoholismo no parece proporcionar inmunidad para las debilidades humanas conocidas.  


La tristeza nace en el corazón impetuoso, dice el antiguo refrán. Yotros problemas incluyendo el ataque alcohólico, también nacen en el mismo barbecho.   

Durante nuestros días de botellas, vasos, y copas, muchos de nosotros gastamos una considerable cantidad de tiempo preocupándonos acerca de los lazos personales íntimos. Ya fuese que deseáramos compañía ocasional o relaciones a largo alcance, frecuentemente nos preocupábamos por los profundos compromisos (o falta de compromisos) con las demás personas.   

Muchos de nosotros echábamos la culpa de nuestra bebida a la falta de afectos, y nos veíamos constantemente en búsqueda de amor, al mismo tiempo que bebíamos incansablemente en esa búsqueda intensa. Otros de nosotros gozaban aparentemente de todas las ataduras emocionales que necesitaban o deseaban, pero de todas maneras seguían bebiendo. En una u otra forma, el alcohol no logró hacer madurar la comprensión del amor, ni incrementó nuestra capacidad para recibirlo y manejarlo en caso de que se nos presentase. Por el contrario, nuestras vidas alcohólicas hacían que nuestro ego emocional estuviese permanentemente deformado, deteriorado, torcido, cuando no enteramente desviado.   

Por eso, según lo demuestra nuestra experiencia, los primeros días de abstención son muy propicios para que se nos presenten períodos de gran vulnerabilidad emocional. ¿Será esta condición un efecto farmacológico ulterior a la bebida? O es un estado natural en cualquier persona que desee recuperarse de una larga ya tremenda enfermedad? ¿O indica una falla enorme en la personalidad? La respuesta no tienen mayor importancia al principio. Cualquiera que sea la causa, la condición es lo que realmente hay que vigilar, porque nos puede llevar a beber más rápidamente de lo que el ojo, el cerebro o el corazón puedan darse cuenta. 

Hemos visto que ese tipo de recaídas sucede en formas diversas. Con el gran alivio y satisfacción de sentirnos bien en los principios de una recuperación, podemos "enamorarnos" de la gente nueva que conocemos, tanto en A.A. como fuera de ella, especialmente cuando muestran un sincero interés por nosotros, o parecen mirarnos con admiración. El estado de excitación que esto nos produce puede hacernos altamente susceptibles a un trago. 

También puede presentarse el caso opuesto emocionalmente. Podemos parecer tan idiotizados que somos casi inmunes al afecto durante un tiempo después de haber suspendido la bebida. (Algunos expertos nos dicen que es muy común que las personas no tengan interés o mayor capacidad para el sexo durante muchos meses después de haber dejado de beber, pero ese problema se va solucionando por sí mismo en forma maravillosa a medida que va retornando la salud. ¡Nosotros lo sabemos por experiencia!). Mientras no logramos asegurarnos de que ese entumecimiento nos pasará, el volver a la bebida nos parece un atractivo  "remedio", que conduce a situaciones aún peores.   

Nuestra débil condición emocional afecta también nuestros sentimientos hacia los viejos amigos y familiares. Para muchos de nosotros, estas relaciones parecen mejorarse rápidamente a medida que vamos adquiriendo la recuperación. Para otros, se presenta un período de irritación en el hogar; ahora que estamos sobrios, tenemos que definir cuáles son nuestros sentimientos reales acerca de la esposa, los hijos, vecinos, parientes, amigos, para reexaminar nuestra conducta con ellos. También hay que dedicar atención a los compañeros de trabajo, clientes, subalternos y jefes.   

(Frecuentemente, nuestra forma de beber ha causado un severo impacto emocional en aquellas personas próximas a nosotros, y ellas también pueden necesitar ayuda para recuperase. En ese caso son muy útiles los grupos familiares de Al-Anon y Alateen, cuyos teléfonos pueden encontrarse en el directorio local; aunque estas comunidades no está conectadas oficialmente con A.A., son muy similares, y ayudan a los parientes y amigos no alcohólicos a vivir más confortablemente con el conocimiento de nuestra enfermedad y nuestra situación).  

A través de los años, hemos llegado a convencernos de que no debiéramos tomar decisiones importantes al comienzo de nuestra recuperación, a menos que sea imposible retardarlas. Esta precaución se aplica particularmente a las decisiones que debemos tomar acerca de otras personas, y decisiones que puedan tener alto potencial emocional. Esas primeras e inciertas semanas de abstención no son la época adecuada para precipitarnos a efectuar cambios drásticos en nuestra vida.   

Otra precaución: el hacer depender la sobriedad de alguien con quien nos sentimos emocionalmente atados puede ser sumamente desastroso. Decir, "Yo voy a estar abstemio si fulano de tal hace esto o hace aquello" establece una condición nociva para nuestra recuperación. Tenemos que permanecer sobrios a causa de nosotros mismos, sin que nos importe lo que haga o deje de hacer cualquiera otra persona.  

Debiéramos recordar, también, que el odio o desagrado interno contra alguien es un enredo emocional, que frecuentemente se presenta como el inverso de un amor pasado. Necesitamos calmar ese tipo de sentimiento, o de lo contrario nos volverá a llevar a la bebida. 

Es muy fácil considerarse uno mismo como excepción a esta regla. Cuando ingresa al período de recuperación, usted podrá sinceramente creer que ha encontrado pro fin el amor real, o que su actitud de odio o disgusto actual, persistente aún dentro de su sobriedad, significa que siempre hubo algo fundamentalmente equivocado en esa relación. En cualquier caso, usted podrá tener la razón, pero por ahora, es conveniente esperar a ver si su actitud puede eventualmente cambiar.   

Una y otra vez, hemos visto cambiar dramáticamente estos sentimientos en lapsos muy cortos de sobriedad. Por eso, utilizando el proverbio "Lo Primero Primero", hemos hallado la conveniencia de concentrarnos primero únicamente en la abstención, y evitar simultáneamente los enredos emocionales que puedan ser peligrosos. 

Los nexos inmaduros o prematuros son también amenazas para la recuperación. Sólo cuando hemos tenido tiempo de madurar algo más de lo que puede proporcionar la mera abstención, nos encontramos debidamente equipados para relacionarnos en forma madura con otras personas.  

Cuando nuestra sobriedad tiene una base lo suficientemente firma como para soportar la tensión, podemos sentirnos listos para trabajar y fortalecer otros aspectos de nuestras vidas.   


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lunes, 4 de agosto de 2014

CAPITULO 25. SALIRSE DE LA TRAMPA DEL SUBJUNTIVO

 25. SALIRSE DE LA TRAMPA DEL SUBJUNTIVO 

Los enredos emocionales con las demás personas no son la única fuente de peligros para que nuestra sobriedad se vea dependiente de factores extraños. Algunos de nosotros tenemos la tendencia a poner condiciones a nuestra sobriedad, sin siquiera darnos cuenta.  

Uno de nuestros miembros dice, "Nosotros los borrachos *  somos gente muy subjuntiva. Durante nuestros días de bebedores, estábamos tan llenos de cosas condicionales, como de alcohol. Una gran cantidad de nuestros sueños empezaban con la frase, 'Si sucediera esto, si  sucediera lo otro'. Y nos decíamos continuamente a nosotros mismos que no tendríamos por qué emborracharnos si esto o lo otro no hubiera sucedido, o que no tendríamos ningún problema con la bebida si . . ."   

Todos hemos continuado la frase con nuestras propias  explicaciones (¿o excusas?) para nuestro alcoholismo. Cada uno de nosotros pensaba: Yo no estaría bebiendo en esta forma si . .   

Si no fuera por mi esposa (o esposo) . . . si tuviera un poco más de dinero y menos deudas . . . si no fuera por todos estos problemas de familia . . . si yo no estuviera bajo tantas presiones . . . si tuviera un mejor lugar para vivir . . . si tuviera un mejor trabajo . . . si la gente me entendiera . . . si la situación del mundo no fuera tan caótica . . . si los seres humanos fueran más amables, más considerado, más honestos . . . si los demás no creyeran que yo bebo tanto . . . si no fuera por esta guerra (cualquier guerra) . . . etc., etc.   

Mirando retrospectivamente esta forma de pensar y la conducta resultante, vemos ahora que estábamos dejando que unas circunstancias totalmente ajenas a nosotros mismos nos gobernaran la vida. Cuando suspendimos la bebida, una gran cantidad de esas circunstancias se colocaron en su lugar apropiado en nuestras mentes. A un nivel personal, muchas de ellas se aclaran tan pronto empezamos la recuperación, y vemos las soluciones que podemos trabajar para desvanecer esas otras algún día. Entre tanto, nuestra vida es mucho mejor en sobriedad, no importa la situación en que nos encontremos.  

Pero después de algún tiempo de abstención, se presenta para algunos de nosotros una ocasión en la cual nos golpea en el rostro un nuevo descubrimiento. Ese "subjuntivo" que utilizábamos habitualmente en nuestros días de alcoholismo activo, se ha adherido a nuestra abstención, aunque nosotros no lo veamos así. Inconscientemente, estamos colocando condiciones a nuestra abstención. Hemos empezado a verificar que la sobriedad es una buena cosa, si todo va bien, y si nada nos sale mal. 

En efecto, empezamos a ignorar la naturaleza bioquímica o  inmutable de nuestra enfermedad. El alcoholismo no respeta esos subjuntivos. No se nos desaparece, ni por una semana, ni por un día, ni por una hora, dejándonos no alcohólicos y capacitados para beber nuevamente en alguna ocasión especial o por alguna razón extraordinaria, ni siquiera si se trata de una celebración que sólo acontece una vez en la vida, ni si nos golpea una gran calamidad, o si llueve en España o caen las estrellas en el África. El alcoholismo no tiene condiciones para nosotros, y no podemos hacerle concesiones a ningún precio.  

Puede llevarnos algún tiempo el adquirir ese conocimiento hasta la médula de nuestros huesos. Y en muchas ocasiones nosotros mismos no reconocemos las condiciones que hemos adherido inconscientemente a nuestra recuperación hasta cuando algo nos sale mal a pesar de nuestra buena voluntad. Entonces, ¡bumb!, ahí está. No habíamos contado con esta circunstancia. 

El deseo de un trago es natural a la luz de un fracaso desalentador. Si no conseguimos el ascenso, la promoción, o el trabajo con el cual estábamos contando, si nuestra vida amorosa empieza a dificultarse, o si alguien nos trata mal, entonces nos daremos cuenta de que todo el tiempo hemos estado confiando en las circunstancias para ayudarnos a mantenernos sobrios.  

En alguna parte de las convulsiones de nuestras células cerebrales,hemos mantenido una pequeña reserva como condición para nuestra sobriedad. Esa reserva estaba dispuesta a saltar en el momento menos pensado. Por eso empezamos a pensar, "Sí, la sobriedad es una gran cosa, y yo intento mantenerla". Pero nos escuchamos el murmullo de la reserva escondida que nos dice: "Tratarás de mantenerla, si todo sale perfectamente".  

No podemos permitirnos el lujo de esos seis condicionales. Tenemos que mantenernos sobrios no importa cómo nos trate la vida, no importa si los no alcohólicos aprecian nuestra sobriedad o no. Tenemos que mantener nuestra abstención independientemente de todo lo demás, sin complicar nuestros sentimientos con otras personas, y sin que dependa de condiciones o situaciones posibles o imposibles.  

Una y otra vez, hemos visto que no podemos permanecer abstemios únicamente por causa de la esposa, el marido, los hijos, los familiares, parientes, amigos, o por mantener un trabajo, o por agradar a un jefe, un médico, un juez o un acreedor. Por nadie distinto de nosotros mismos.   

El amarrar nuestra abstención a alguna persona (aunque sea otro alcohólico recuperado) o a alguna circunstancia distinta, no sólo es insensato sino muy peligroso. cuando empezamos a pensar, "Yo voy a estar abstemio si . . ." o "No voy a beber porque . . ." (Coloque en este espacio cualquier circunstancia distinta de su propio deseo de recuperación), inadvertidamente estamos poniéndonos en situación de beber cuando cambie esa persona, condición o circunstancia. Y cualquiera de ellas puede cambiar en cualquier momento.  

Nuestra sobriedad independiente, sin afiliarse a ninguna cosa o persona distinta, puede crecer y volverse lo suficientemente fuerte para capacitarnos para afrontar todo y a todos. Y, como usted mismo lo comprobará, empezamos a apreciar ese sentimiento también.  


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sábado, 2 de agosto de 2014

CAPITULO 26. PERMANECER ALERTA EN LAS OCASIONES EN QUE SE CONSUME LICOR

 26. PERMANECER ALERTA EN LAS OCASIONES EN QUE SE  CONSUME LICOR 


Hemos elaborado muchas maneras de manejar las ocasiones en que otras personas beben, de manera tal que podamos disfrutar esas ocasiones sin tener que beber. 

Anteriormente, habíamos hablado acerca de la decisión que  debíamos tomar respecto a mantener licor en nuestros hogares cuando dejábamos de beber. En esa explicación, reconocíamos el hecho de que vivimos en una sociedad en la cual la mayor parte de la gente bebe, y no podemos realmente esperar que esa situación cambiar. A través del resto de nuestras vidas, habrá siempre ocasiones para beber. Esas oportunidades se presentarán, y todos los días estaremos en contacto con gentes que beben, y tendremos que asistir a lugares donde se bebe, escuchar y ver docenas de anuncios que nos incitan a la bebida.   


No podemos aislarnos nosotros mismos contra esas sugerencias, y es inútil tratar de negar su existencia. Tampoco tenemos necesidad de evitar que otras personas puedan beber. Hemos visto que no tenemos que privarnos del placer de estar con amigos que beben. Aunque parece más sensato gastar más tiempo con los no bebedores que con los bebedores, cuando empezamos nuestro proceso de recuperación. No deseamos tampoco retirarnos del mundo para siempre, únicamente porque existan personas que beben. Aquellas personas que no pueden comer pescado o nueces o cerdo y grasas no se esconden en cuevas.   
¿Por qué debiéramos escondernos nosotros? 

¿Vamos los A.A. a los bares, restaurantes o clubes donde se expende licor? Si, después de algunas semanas o meses, cuando tenemos una razón legítima para asistir a esos sitios. Si tenemos que gastar un tiempo para esperar un amigo, no escogemos como lugar de espera la butaca de un bar. Pero si por negocios o compromiso social tenemos que asistir  a esos lugares, asistimos y participamos en todo, menos en la bebida.  

Durante los primeros meses de abstención, es una idea saludable el alejarnos de nuestros antiguos compañeros de trago, y encontrar  excusas razonables para evitar las reuniones donde la bebida es el entretenimiento principal. Parece especialmente importante evitar situaciones cuando nos sentimos nerviosos por ellas.   
Pero, tarde o temprano, se presentará la ocasión en que una obligación familiar o comercial o una amistad nos hacen sentir obligados a ir, o tal vez porque nosotros mismos deseemos asistir a ese evento. Hemos desarrollado por tanto un número suficiente de maneras de controlar fácilmente ese tipo de problemas, sin que nos veamos obligados a beber. Hablamos principalmente de la gran fiesta o de la vena regularmente numerosa pero informal donde se sirven muchos aperitivos. 

Si la dueña o el dueño de casa es una persona con la cual tenemos confianza, podemos decirle anticipadamente que no estamos bebiendo en la actualidad. Naturalmente, no les pedimos que nos den un tratamiento especial. Pero es muy reconfortante saber que siempre habrá una persona completamente comprensiva de nuestros esfuerzos  para sobreponernos a un problema de bebida. En ocasiones, podemos invitar a un abstemio experimentado para que nos acompañe, o llevar una persona que sepa nuestros esfuerzos por lograr la abstención y se dé cuenta de la importancia que esto tiene para nosotros. 

Es muy aconsejable que, antes de asistir a la fiesta, converse usted conotro alcohólico recuperado o alguna persona que conozca su situación, desee el restablecimiento de su salud y entienda completamente la presión a que se va a ver sometido. Convenga con ella llamarla después de la fiesta para contarle cómo le fue. Un alcohólico en recuperación le agradecerá mucho esa llamada. ¡Créanos! Nosotros los miembros de A.A. nos emocionamos cuando recibimos ese tipo de mensaje.   

Es una idea muy conveniente comer un sandwiche o un pasabocas antes de ir a una fiesta, aun cuando usted sepa que van a servir comida. El tener algo nutritivo en el estómago, nos ayuda a soportar muchas veces la tentación, según hemos explicado en un capítulo anterior. (Usted podría llevar en el bolsillo un paquete de sus dulces o pasabocas favoritos). Esto tiene una aplicación muy importante en el caso de que usted tenga que ir a una fiesta donde sabe que va a transcurrir un largo tiempo de bebida antes de que aparezca la comida.   

Cuando usted sepa anticipadamente que esto va a acontecer también, puede preferir llegar una o dos horas más tarde para que su llegada coincida más o menos con la cena. Muchos de nosotros hacemos esto.  
Luego, si después de la comida se continúa con la sesión de trago, es muy fácil para nosotros despedirnos y salir más temprano. Las escasas personas que se dan cuenta de nuestra retirada, se preocupan muy poco por ella, según hemos visto. Ellas se encuentran muy ocupadas con sus propios tragos. 

Cuando llegamos a una de esas fiestas, lo mejor generalmente es dirigirnos hacia el bar y conseguir un vaso de ginger ale y otra bebida suave. Nadie se da cuenta si estamos bebiendo un trago alcohólico o no. Con ese vaso en la mano, podemos empezar a departir con las otras personas, sin sentirnos que nos están observando.  

Esta experiencia fue muy reveladora para muchos de nosotros cuando la tuvimos por primera vez. Para nuestra sorpresa descubrimos que (1) los demás no bebían en la forma que nosotros pensábamos, y (2) que muy pocas personas observan, o le dan importancia, a que nosotros estemos o no tomando bebidas alcohólicas. (Esta última observación tienen sus excepciones, frecuentemente amigos íntimos o parientes, quienes son precisamente los más contentos de que nosotros estemos haciendo algo por nuestro problema).   

Muchos de nosotros acostumbrábamos decir, y creer, que todo el mundo bebe, y podíamos argumentar que nuestras bebida no era peor que la de muchas personas que conocíamos. Para ser francos, a medida que nuestra bebida se incrementaba a través de los años, muchos de nosotros tuvimos la tendencia a asociarnos cada vez menos con personas no bebedoras, y por consiguiente nos parecía que todos los que veíamos eran bebedores.  

Ahora, en nuestra sobriedad, cuando a los demás nos sorprende encontrar que no todos ellos bebe, y que muchos beben mucho menos de lo que nosotros imaginábamos.  

Cuando empieza a pensar en este tipo de ocasiones, el alcohólico que ha iniciado recientemente la abstención se preocupa acerca de la manera como habrá de responder a las preguntas que le harán los amigos y familiares, tales como:  

"Tómate un trago". 

"¿Qué estás tomando?" 

"¡Vamos, tú no puedes ser un alcohólico!" 

"¿Tú no bebes?" 

"Uno solo no te hará daño" 

"¿Por qué no estás bebiendo?" . . ., etc., etc. 

Para nuestro alivio, hemos observado que estas preguntas se nos hacen menos frecuentemente de lo que esperábamos, y las respuestas que a ellas dábamos eran mucho menos importantes de lo que nosotros habíamos creído. El hecho de que no estemos bebiendo ocasiona menos tempestades de las que teníamos.   

Claro que hay una excepción. De vez en cuando, un bebedor fuerte tratará de presionarnos para que bebamos. La mayoría de nosotros hemos llegado a creer que esa actitud es muy sospechosa. 
La gente civilizada y educada no insiste demasiado para que las demás personas beban o coman, o no beban o no coman, a menos que tengan ellas mismas un problema personal. Nos parece muy curioso que alguien trate de hacer beber a una persona que no quiere hacerlo; y especialmente nos intriga el por qué alguien quiera hacer beber a una persona aun sabiendo que tiene problemas relacionados con el alcohol.  

Hemos aprendido a sacarle el cuerpo a ese tipo de personas. si realmente acontece que ellos tienen problemas personales con el alcohol, les deseamos que se recuperen. Pero no necesitamos defender nuestras preferencia ante ellas o ante cualquier persona.  NO tratamos de argumentar, ni de cambiar sus creencias. Aquí también, nuestra actitud es "Vivir y dejar vivir".    

Pero volviendo a esas preguntas que se nos hacen casual y  cortésmente por personas que no tienen ninguna intención malsana, y las respuestas que nosotros les damos. Probablemente existen tantas maneras de manejar estas situaciones como existen no bebedores, y su propia inteligencia le indicará la forma más conveniente y adecuada para cada circunstancia. 

No obstante, de la experiencia acumulada durante 50 años por  A.A., han surgido algunas formas de responder con éxito a estas situaciones. El pasado nos ofrece sus frutos, y sería insensato no aprovecharnos de  ellos. 

Un gran número de nosotros (no todos) creemos que mientras más pronto revelemos la verdad de nuestra condición a nuestros conocidos, será mejor para todos. No tenemos por qué guardar el secreto, y la mayoría de la gente bien intencionada apreciará nuestra sinceridad y animará los esfuerzos que hacemos para permanecer libres de nuestra adicción. El decir en voz alta que no estamos bebiendo ayuda enormemente a fortalecer nuestra propia determinación de permanecer abstemios. Y puede haber una ventaja adicional. Ocasionalmente, al escucharnos afirmar sin ningún temor nuestros propósitos, alguna otra persona presente que también necesite o desee dejar de beber puede animarse a hacerlo siguiendo nuestro ejemplo. Por consiguiente, muchos de nosotros no vacilamos, cuando se presenta la ocasión adecuada, en decir. "Yo ahora no estoy bebiendo".  


Y generalmente la persona que nos ha preguntado queda satisfecha con nuestra respuesta de que "No estoy bebiendo hoy (o esta semana)" o simplemente "No, gracias" o rotundamente "No me interesa beber", etc., etc. 

Si creemos tener necesidad de explicar nuestras razones, tratamos de hacerlo sin mentir, y en una forma que las otras personas puedan entender y aceptar rápidamente. Por ejemplo, hay antiguas excusas como "Razones de salud", "Estoy en dieta", u "Ordenes del médico". La mayoría de nosotros, en una y otra época, hemos recibido tales advertencias de los médicos.   

También pueden ser verdad "Ya he bebido suficiente", "He tomado todo el que puedo manejar", y "Me he dado cuenta que el trago no me conviene". 

Aunque nosotros los A.A. no utilizamos entre nosotros mismos la expresión "he jurado", es una frase que muchas personas pueden entender y respetar, mientras no tratemos de hacer que otras personas se abstengan también. 


Aunque ciertamente nosotros no podemos recomendar nada distinto de la verdad, porque eso es lo que nos hace sentir bien, ocasionalmente algunos de nosotros viéndonos demasiado acosados hemos recurrido a una "pequeña mentira", o sea una de aquellas excusas que creemos que no ocasionan daño a nadie y pueden describirse como una lubricación necesaria para que funcione suavemente la sociedad.   

Cuando nos vemos en esta situación y tenemos que apelar a una excusa prefabricada para no beber, tratamos de no buscar una disculpa que sea demasiado complicada, como por ejemplo, "Tengo una enfermedad misteriosa", o "Estoy tomando unos remedios" porque lo más probable es que tales explicaciones no sean suficientes, y tengamos que contestar preguntas adicionales.   

Usualmente, el contestar "Yo soy alérgico al alcohol" parece una  razón muy aceptable. Técnicamente, en términos estrictamente científicos, el alcoholismo no es verdaderamente una alergia, según nos informan los expertos. Sin embargo, la palabra "alergia" es una magnífica forma de explicar nuestra condición; si ingerimos licor, ciertamente se nos ocasionan consecuencias lamentables.   

Cuando damos una respuesta adecuada, generalmente se produce una reacción como la que buscamos. Esto es, que la gente acepte el hecho de que nosotros no vamos a ingerir licor por ahora, y deja de molestarnos con preguntas. 
   
Cuando se nos pida escoger la bebida que deseemos, parece que es lo más cortés y socialmente indicado pedir inmediatamente algo no alcohólico, ya sea o no nuestra bebida favorita. Casi todos nosotros nos decidimos por una bebida gaseosa, un jugo de frutas, café o cualquier bebida no tóxica que sea fácilmente obtenible. (Y podemos fingir que estemos saboreándola aunque no nos guste o no tengamos sed). Esto nos coloca en una situación más fácil, y también se da gusto a la necesidad que siente el anfitrión por llenarnos compulsivamente los vasos, especialmente cuando se trata de aquellos anfitriones que no se sienten contentos si un invitado no está a toda hora con la copa llena.  

Los banquetes formales, donde en cada puesto colocan una serie de vasos, no representan un problema particular. Generalmente el voltear la copa de vino hacia abajo es suficiente señal para que le mesero no nos sirva el vino, y esta seña la comprenden aun en los países europeos consumidores de vino. Muchos de nosotros pedimos agua mineral o soda. Y cuando alguien propone un brindis, casi nadie nos presta atención mientras alcemos alguna copa, llena de alguna cosa. 
 Después de todo, no es la presencia de una droga (el alcohol etílico) dentro de la copa lo que hace del gesto del brindis una demostración simbólica de la amistad. 

Nadie tiene la obligación de contestar preguntas bruscas o personales; por eso, en las ocasiones en que se presentan, las ignoramos o las contestamos o simplemente cambiamos de tema. Si esto le sucede a usted, recuerde que hay cientos de miles de personas que están acompañándolo espiritualmente y comprenden perfectamente la presión a que usted está sometido y por qué está soportándola, aunque a usted le parezca que nadie comprende esa situación. Aunque no estemos presentes, con nuestros corazones lo estamos acompañando, y podemos asegurarle que cuenta con nuestros mejores deseos.  

Otro tipo de incidente ha molestado a muchos de nosotros. No es nada serio o peligroso, pero tal vez si lo mencionamos podemos prevenirle una rabieta cuando se le presente a usted. De vez en cuando, un amigo o miembro de familia con buena intención y mejor corazón se preocupa exageradamente por nuestra recuperación, sin darse cuenta y tratando únicamente de ayudar, nos coloca en una situación embarazosa en momentos en que no estamos en condiciones para ello.   

Por ejemplo, la esposa no alcohólica, temiendo que podamos beber y tratando de protegernos excesivamente, salta a decir, "Fulanito ha dejado de beber". O un amigo solícito inadvertidamente puede llamar la atención de los demás cuando señala el único vaso de jugo de tomate diciendo desde el otro lado del salón, "Este vaso es para fulanito que no está tomando".  


Está bien que ellos quieran ayudarnos, y tratamos de concentrarnos en su deseo de ser amables. Con toda justicia, no puede esperarse que ellos comprendan perfectamente nuestra ira. Algunos de nosotros ni siquiera podemos imaginarnos cómo nos sentimos por dentro hasta cuando ha transcurrido algún tiempo de abstención y nos ha pasado esa etapa de vivir pendientes de nosotros mismos.  

Naturalmente, preferimos que se nos permita hacer nuestra propia elección, discreta y privadamente, sin hacer un espectáculo de ella. Pero sólo conseguimos herirnos a nosotros mismos cuando nos molestamos por aquello que los demás digan o hagan. Es mejor tratar de sonreír y tolerar la situación, dejando que pase el momento. Generalmente en cinco minutos ya estamos bien. Tal vez posteriormente, cuando ya estemos calmados, podemos explicar tranquilamente que reconocemos sinceramente la preocupación que tienen por nosotros, pero que nos sentiríamos mejor si nos dejasen tomar nuestra propia iniciativa y dar nuestras propias "excusas". Podemos añadir también que nos gustaría practicar nuestra propia protección en las situaciones sociales, para que esa otra persona no tenga por qué preocuparse por nuestra conducta.  

Después de que ha pasado un tiempo más largo, muchos de nosotros alcanzamos un estado de tranquilidad real acerca de nuestro problema social con la bebida. Ya nos sentimos lo suficientemente descansados para decir la exacta verdad, esto es, que somos "alcohólicos recuperados", o que estamos en A.A.  

Esta revelación confidencial, de persona a persona, acerca de nuestra condición en ninguna forma es conflictiva con la tradición de anonimato, la cual sugiere que nosotros no revelemos estos hechos referentes a otra persona, y que no hagamos tales anuncios para ser publicados o transmitidos. 

Cuando podemos decir tranquilamente y sin alterarnos que somos A.A., nos hemos demostrado que no tenemos más qué ocultar, que no nos sentimos avergonzados por estarnos recuperando de una enfermedad. Esto ayuda a incrementar nuestra propia estimación.  

Y ese tipo de revelaciones ayudan a desvanecer el cruel estigma que injustamente se nos ha lanzado por las personas ignorantes, y ayuda a reemplazar las nociones antiguas y estereotipadas acerca de "los alcohólicos". 

Además, incidentalmente, al hacer nuestra afirmación podemos frecuentemente inducir a alguien más que desee recuperarse de su problema de bebida para tratar de buscar ayuda. Sólo nos queda cosa que añadir acerca de este tema de la bebida en las ocasiones sociales. Muchos de nosotros hemos tenido los arrestos, cuando la presión para que bebamos se hace demasiado fuerte o insostenible, para inventar una excusa y salir de la reunión, sin que nos importe lo que los demás puedan pensar. Hay que tener en cuenta, que es nuestra vida la que estamos defendiendo. Tenemos que dar todos los pasos que sean necesarios para preservar nuestra salud. La reacción que tengan las demás personas será problema suyo, no nuestro.    


GRUPO PARTE VIEJA DONOSTIA - SAN SEBASTIAN

viernes, 1 de agosto de 2014

Vivirla

La vida espiritual no es una teoría. Tenemos que practicarla.
— ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS, p. 83
Cuando era nuevo en el programa, yo no podía comprender eso de vivir el aspecto espiritual del programa, pero ahora que estoy sobrio, no puedo comprender vivir sin ese aspecto. La espiritualidad era lo que yo había estado buscando. Dios, como yo lo concibo, me ha dado las respuestas a los “porqués” que me hicieron beber por veinte años. Viviendo una vida espiritual y pidiendo ayuda a Dios he aprendido a amar, a cuidar y sentir compasión por mis semejantes y sentir alegría en un mundo, donde antes, sentía solamente temor.
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