miércoles, 6 de agosto de 2014

CAPITULO 20. RECORDAR LA ULTIMA BORRACHERA

 20. RECORDAR LA ULTIMA BORRACHERA 


No se trata aquí de recordar el último trago, sino la última borrachera.  

El término "un trago" ha despertado ecos y expectativas muy agradables en millones de personas durante muchos siglos.  

Según nuestras condiciones de edad, y las circunstancias que han rodeado nuestra primera experiencia con el alcohol, tenemos diversos recuerdos y esperanzas (y en ocasiones, ansiedades) que se despiertan con la idea de una cerveza helada, un cóctel, una ginebra con tónica, un aperitivo, una copa de vino, etc., etc.   

Repetidamente, en los primeros tiempos de bebida, las expectativas de muchas personas, fueron plenamente realizadas por ese trago tan ansiado. Y si esto acontecía con suficiente frecuencia, aprendimos a pensar en "un trago" como evento satisfactorio, porque impulsaba nuestra necesidad para conformarnos a una costumbre religiosa, aplacaba nuestra sed, volvía grata la ocasión social, nos descansaba, nos animaba, o nos proporcionaba la clase de satisfacción que buscábamos en él.   

No es difícil para un finlandés, por ejemplo, cuando oye a alguien sugerir un trago, recordar la agradable sensación de calor que le que le proporcionaba un trago de vodka o de aquavit en los gélidos días de invierno de su juventud.  

Una mujer joven, cuando se le mencione un trago, visualizará instantáneamente una fina copa de champan, en medio de un ambiente sofisticado, con trajes nuevos y un galante admirador que la invitará a bailar. Otra podrá pensar en la garrafa que le brinda un barbado compañero con chaqueta de lana, mientras resuena la música de rock, titilan las luces psicodélicas dentro de un ambiente lleno de humo de olor dulce, y cuando todas las personas se encuentran en éxtasis.   

Un miembro de A.A. dice que la idea de "un trago" le trae a la memoria el sabor de una pizza acompañada de una buena cerveza. Una viuda de 78 años recuerda inevitablemente el sabajón que solía tomar a la hora de acostarse.  

Aunque son perfectamente naturales, esas imágenes mentales son para nosotros motivo de desorientación. Esas fueron las maneras en que algunos de nosotros empezamos a beber, y de haber continuado así toda la historia de nuestro alcoholismo, es muy probable que no se nos hubiera desarrollado un problema tan enorme. 

Sin embargo, la mirada objetiva y casi temeraria a nuestro registro completo de bebedores, nos muestra que en los últimos años y meses nuestra forma de beber nunca originó esos momentos perfectos y mágicos, a pesar de lo mucho que los buscábamos.  

Por el contrario, siempre terminábamos bebiendo más y más, con un resultado que siempre era problemático. Tal vez no se trataba más que de un descontento interior, la sensación desagradable de que estábamos bebiendo demasiado, pero frecuentemente teníamos disgustos conyugales, problemas de trabajo, enfermedades graves, accidentes o preocupaciones legales o financieras.   

Por consiguiente, cuando nos acomete la idea de "un trago", tratamos ahora de recordar toda la serie de consecuencias que se iniciaban con ese único trago. Pensamos en la bebida a través de toda nuestra historia, que desembocó en nuestra última borrachera y nuestra última resaca desastrosa y miserable.   

El amigo que nos ofrece un trago generalmente no trata de ofrecernos más que una o dos copas amigablemente. Pero si tenemos el cuidado de recordar todo el sufrimiento que nos proporcionó nuestro último episodio de bebida, no nos dejamos engañar por nuestra agradable noción de lo que "un trago" significa. La verdad fisiológica y sencilla para nosotros, en la actualidad, es que un trago con toda seguridad nos conducirá tarde o temprano a una borrachera, y eso significa más problemas. 

El beber ya no significa para nosotros música, alegría y romance. Solo nos trae enfermedad y desolación.  

Un miembro de A.A. lo expresa en esta forma: "Yo sé muy bien que el detenerme en un bar a tomarme un trago ya nunca más será para mí, una cuestión de algunos pocos momentos y algunas pocas monedas. A cambio de ese trago, lo que yo entrego ahora es mi cuenta bancaria, mi familia, mi hogar, mi auto, mi trabajo, mi salud, y probablemente mi vida. Es un precio demasiado alto, un riesgo demasiado grande, para cambiarlo por un trago.  

Este miembro recuerda su última borrachera, no solo su último trago.  


GRUPO PARTE VIEJA DONOSTIA - SAN SEBASTIAN